Se calló el ruido y la ciudad escucho mis sueños. Abrí la ventana y ventile la habitación. Afuera llovía. Y desde el alfeizar tiré a los charcos todas las cosas que me sobraban.
El dinero perdió su brillo y pasó a ser poco más que papel mojado. El trabajo se convirtió en los intervalos que delimitan cuando estoy con ella y cuando no, el tiempo que tiene que pasar para volver a estar entre sus brazos. La fama, algo incomodo; el poder, un gigante que me llenaba el escritorio de montañas de papeles que me impedían ver su foto.
Así que ahora, no quiero abrir la puerta y que todas esas cosas superfluas vuelvan a entrar en la habitación a generar ruido que tapa su voz aunque su voz se haya ido, aunque todo lo que escuche no sea nada mas que el silencio y el eco de sus palabras diciéndome adios. Sigue leyendo......




